jueves, 27 de diciembre de 2012

La común sepultura

Hola, he decidido publicar un texto que hace tiempo escribí como parte de un proyecto de una novela polifónica con unos amigos, pero estos parece ser que ya cancelaron todo interés en escribir, así que, años después, la pongo a la crítica de este mundo para que me digan qué es bueno, y sobre todo: qué es malo; para que así pueda ir mejorando en mi forma de escribir. Sé que es una forma un tanto pesada, pero espero lo entiendan. Mi ex-padrastro me dijo que le pusiera un comienzo, puesto que a mí me tocaba escribir el final, pero la verdad descubrí que la escribí para no tener inicio, así que así se las dejo.

La común sepultura

1
Sintió su aliento en el suyo, el rozar que pide algo que tal vez no debiera serle dado. De repente se encontró en la hojarasca, arrebatándose las ataduras del ropaje, arrancándoselas a ese ser del que saboreaba cada gota de sudor. Su lengua deslizóse lentamente por su cuello, fuese a su torso desnudo e dirigióse al sobaco, do lentamente probó ese ancestral fetiche. Olió ese perfume de madera, el clavo, el pachulí, el incienso e la mirra en el aire: la razón por la que allí estaban. El tacto de sus manos fuertes, de sus anchas espaldas. La barbarie de la escena ante sus ojos, rodeado del flebe romanticismo del paisaje. Los jadeos que el viento se llevaba.
2
Una mujer trajo un vaso de agua al preso, éste bebió lentamente temiendo que fuese el último de su vida. Vio a los perros que sacudíanse violentamente en las jaulas del lado, perros de caza. Miró a Josefina a los ojos pidiéndole que le tuviese piedad e lo dejase ir.
--La señora no me dejará, además de que bien merecido lo tenéis por haberla ultrajado así. Si yo estuviese en su lugar, creo que haría lo mismo que ella os está haciendo ahora mismo— Fue todo lo que comentó antes de escurrirse por la puerta al pasillo contiguo, ingresando a la casa de Mercedes viuda de Rivera e Duquesa de Palenque.
3
Subieron al Cerro de la Dama Blanca, llevando incienso, con pesarosa marcha hacia la cima, do la luz brillaba bajo e sobre violetas flores. Prendieron el incienso con intensión de ofrecerlo a los ángeles de los cielos, a los dioses, pidiendo paz para su tierra. Cuando se arrodillaron para dar coleto[1] al naciente fuego, soplando juntos, viéronse a los ojos e supieron que allí volvería a ser, ese arrebato, ese frenesí antiguo en lo más profundo de su ser. Pero Minos sabía algo más, sabía que ésa sería la última vez.
Ya en el suelo, en medio de ese brutal arrebato, le susurró la persona con la que estaba: --Os    amo, e siempre os amaré. ¿Me amáis vos?—. Le pasaron por los ojos los recuerdos de los encuentros de antaño, la primera vez que pasó eso, lo exquisito del sentimiento recién descubierto, pero ahora, ahora todo era diferente, se había vuelto carnal, netamente carnal, no hallaba nada más, pero sabía que allí estaba un ser que le había hecho depositario de su corazón, mas ahora finalizaría; ya no más ese húmedo cosquilleo bajando por su abdomen al centro de la dicha de los hombres, ya no más ese sabor a avellana ligeramente rancio en su boca, ni esa pegajosa textura en la garganta. Todo había finalizado. Ahora la amaba a ella, con una locura inaudita,  y estos accesos ya no podían ser.
Así que le abrazó fuerte por toda respuesta, para no mentirle. En el abrazo aprovechó mientras se hallaba con los ojos cerrados e sacó una aguja de plata, con la punta babosa en verde y le picó ligeramente. Helios reaccionó poco, creyendo que fuera un insecto, abrazado al ser más valioso de su vida.
De repente sacudióse y sintió que las fuerzas lo abandonaban, vomitó y cayó al piso, abrió los ojos pidiendo ayuda y vio cómo el ahí presente no hacía el menor reparo por salvarle y comprendió todo. Entonces sólo fue capaz de formular: --¿Por qué…?—
--Por que era necesario, pues amo a Minestrina. Vos solamente entorpeceríais las cosas—
Volteó el brasero del incienso e tomó su ropa. Las hojas e la alfombra color de lirio crepitaron ante unas flamas a las que aceptaron al instante. Los tarcos[2] resistiéronse al incendio, pero ¿cómo resistir al escarlata ángel de las llamas? Rápidamente el cerro era una tierra yerma, cubierta de cenizas, que espantaba a las garzas del lago al pie de éste. Mientras tanto Minos caminó por el sendero al pueblo, bajo un cielo invadido por el graznar blanco, el que servía de portavoz a la natura contándole la nueva del amante que feneció ante su amado.
4
Maika abrió los ojos e vio dos candelabros enfrente de sí, sintió sus manos limitadas por ataduras que no alcanzaba a ver, percibió que su cabeza estaba a punto de estallar e que apenas si se podía mover. Volteó a ver la habitación e intentar recordar qué hacía ahí, cuando descubrió una silla de caoba y ébano gruesa e fuerte en la que estaba un hombre al que reconoció de inmediato: Don Méndez. Lo llamó tratando de despertarlo, pero él estaba profundamente dormido.
En eso ella escuchó pasos que iban a un paso lento e calmo, un paso que le aterraba, pues lo conocía muy bien, la puerta empezó a abrirse y ella desesperada gritó tratando de despertar a su amante. Cuando él empezó a despabilarse, ingresó por la puerta el Almirante Don Marcos de Izamal. Ella estaba aterrorizada, pensaba rápidamente, tratando de buscar escapatoria, pues sabía que de no hacer algo, de ésa no salía con vida.
--Ya veo que os habéis despertado—
--E que vos nos habéis secuestrado, también. ¿No? ¿Qué pretendéis? ¿No estabais en el manicomio?— Dijo Maika
--Sí, os he secuestrado. Pretendo que me devolváis lo que me quitasteis e hacer justicia. Y estaba en el manicomio, lugar al que me mandasteis y en el que quisierais siguiese, pero gracias a la Madre Tierra que me enseñó allá que mientras más cuerdo parezcas, más loco te creen e si quieres salir debes mostrar demencia absoluta. Lo cual me liberó e allí seguí la facha de loco para mendingar e recolectar hasta venirme e plagiaros, con el fin de conseguir la justicia que me debéis. El ángel de la justicia me cuida e los dioses de la venganza me aman—
--De verdad hicimos lo correcto al mandaros a ese lugar, lástima que te liberasen, realmente estáis estulto. Os quité a la mujer, la fortuna e la libertad. ¿Creéis de verdad que podéis venir e tomar venganza si cuando nos matéis mis amistades e influencias os mandarán ejecutar?— Dijo altivo Don Méndez
--Pues he investigado vuestros contactos, e con el cambio de emperador y toda su corte, habéis perdido poder en la nueva corte. Y con la fascinación de Su Majestad Imperial Iker XIV por la ley e su imperio, mi venganza será muy acorde con la voluntad del Palacio de Dzibichaltún. Además de que yo nunca he dicho que os quisiera matar— Dijo, ante el suspiro de ambos –A vos— Con un remarque en el «vos» muy tajante, dejando en claro que no dijo «vosotros», lo que hizo estremecerse a Maika.
El almirante chasqueó los dedos e las ataduras de Maika se soltaron e cayeron al suelo, pudiendo vislumbrar que eran un par de Cuerdas de Machu Picchu, famosas por obedecer al que las ató e desatarse a su orden. Él la agarró del cabello, jalándola a la fenestra e amenazándola con un arcabucete recargable. Silbó y las ataduras de Méndez se soltaron. Le indicó que escribiese una carta diciendo todo lo que le hicieron al Almirante, cómo ella lo había abandonado para irse con su primo e usar la fortuna de don Marcos, al que tacharon de demente y encerraron en un manicomio de Tulum a morirse entre lunáticos. Luego dio instrucciones de que escribiese que aceptaba la ley e justicia que se le debía aplicar e deslindaba responsabilidades a su plagiario. Una vez escrita la carta, la firmó e también Maika y entonces disparó e la mató.
--¡Monstruo! La mataste, me hicisteis hacer la carta para dejarla vivir—
--Yo nunca dije eso, e gracias a la carta e a que la ley dice que en caso de conspiración contra un individuo éste tiene derecho a matar a uno de sus victimarios, yo no he hecho nada ilegal. Ahora, sobre vos, no pediré se os arreste, viviréis con esto, mendingaréis como yo lo hice, ahora que con la misiva recuperaré mi legítima fortuna. E por cierto, viviréis en la locura en la que me forzasteis a vivir, pues os drogué con la Orquídea de la Demencia, así que disfrutad de las últimas diez horas de lucidez que tenéis—
5
Rogelio alcanzó a percibir un movimiento por las jacarandas que se hallaban al fondo del jardín en el que se encontraba su prisión. Creyó al principio que era el viento, pero logró observar e diose cuenta de que era una figura con vestido e rebozo violetas como las flores de los árboles. La figura se acercó e vio bajo la tela la bella figura de la Duquesa, la mujer a la que había tomado por la fuerza hace apenas unos siete u ocho días.
Ella sentóse en un banquito enfrente de las jaulas, los canes agitáronse pidiéndole a su dueña un poco de comida, ella los calmó con unos pedazos de carne que llevaba en una bolsita e volteóse a ver a su prisionero.
--Nos volvemos a encontrar— Dijo riéndose lo menos posible
--No me dejasteis otra opción—
--Pues ya sabéis qué se siente ser obligado y privado de la libertad. Ya era hora—
--No os creí capaz de esto— Respondió, como tratando de ignorar lo anterior.
--Siempre se han creído muchas cosas de mí, y se han descreído otras tantas. Los hombres me han acosado desde el día que me convertí en doncella, han usado lenguaje mordaz conmigo, me han tratado bajamente. E las mujeres no son mucho mejores, siempre me han dicho ofrecida, flor de macadamia que crece en las ventanas de todos los hombres casados, puros y castos que son sus maridos; tentados por el súcubo de Satanás. El único que pareció ser exento de esa idea, al menos al principio, fue mi marido. Hasta que empezó a hacer caso de todos los rumores e correrías de las comadres e mujeres feas, de los hombres que para aumentar su prestigio en bares e tabernas gritaban a los cuatro vientos haberse acostado con la Duquesa de Palenque. Y entonces, ¡qué día terrible!, me enfrentó y agredió, traté de defenderme y en la pelea mi anillo de ducado se le clavó en el corazón. Al día siguiente hubimos de fingir su muerte por causas naturales e darle un funeral rápido con todo y cremación para evitar la crisis que podía venir si el Duque Consorte de Palenque fallecía a manos de su esposa. A partir de entonces soy taciturna, triste y alejada, un poco muerta y fantasmal, pero capaz de cualquier cosa. Así que no os extrañe que hayáis sido el colmo de mi paciencia, me hayáis llevado al hartazgo e ahora estéis aquí conmigo. Todos me vieron como carne y como zorra— Tomó el aliento e continuó: --Si tanto insistís en que zorra soy, zorra seré, pero vos…
¿Yo qué? Pensó Rogelio
…seréis la liebre—
6
Minos llegó a su casa para asearse de aquella situación de la mañana. Tomó una naranja pequeña, la metió en una esfera de oro e le insertó clavos aromáticos, colgándosela después de la pechera. Calzóse, amarró el cinto de la camisa de holanes e dirigióse a la tienda de joyas.
Allí encontró un hermoso Imarmenógrafo[3] con las casas del zodiaco perfectamente pintadas en esmalte, con carátula de cristal de roca e cuerpo de oricalco. Era caro, tal vez lo más caro de la tienda e de las de toda la zona, pues sólo estaba allí por accidente, ya que su destino era la capital, tal vez el palacio de un duque o de una dama de la corte, pero el dueño de la tienda lo dejó en el anaquel mientras arreglaba unos asuntos antes de empaquetarlo y enviarlo a la ciudad. Fue entonces cuando lo vio Minos e lo pidió, el joyero fue renuente, pero a todos nos llega un precio, así que el orfebre no fue la excepción.
Ya con el obsequio Minos anduvo hacia la casa de cristales de sinople y techado azul cobalto. Llegando pidió audiencia con la señorita de la casa. El mayordomo consultó e al serle indicado aceptar al señor, llevó a Minos a un jardín al estilo de los de Persia, con sus cuatro ríos e sus iwanes[4] do tomar sombra, tan de moda en esa época del descubrimiento de Asia, Libia e la Gran Siberia.[5] La dama estaba contemplando las vainillas cuando la encontró, e inmediatamente supo porqué la amaba, pues hasta al mismísimo Ágape[6] cautivaba. Ella le invitó chocolate en tazas de Cholula e después de aceptar, él, directamente y sin rodeos, le dio el presente y ésta abrió la cajita, que inmediatamente señaló al símbolo de la luz (su signo del zodiaco) e la estatuita de la deesa[7] de la tragedia empezó a bailar grácilmente, lo que le ensombreció la mirada, que se recuperó enseguida. Agradeció la ofrenda, pero preguntó la razón de ésta. A lo que él respondió que la única razón era el amor. Así pues, él acercósele e diole un sutil beso en los labios, que ella respondió con fogosa pasión.
En la noche las cortinas, el petate, las estrellas e un tecolote que veía por la abertura de las ventanas fueron testigos de un arrebato de ardor e de unos ritos orgásmicos conocidos desde Eva e Adán, actos creadores de vida. Cuando concluyeron, descansaron un poco para reponer fuerzas e seguir con su voluptuosidad más adelante. En el reposo llegó el sonido de la puerta siendo azotada, ella cubrióse entre las sábanas mientras él, tomando una capa y el arcabucete, fue a la puerta e gritando preguntó quién era.
--Soy Rafaela, señora, déjadme entrar—
--¿Qué insolencia es ésta de llamar a la recámara de vuestra señora a estas horas? ¿Dó está el respeto que toda criada debe guardar? ¿Qué deseáis?— Le respondió el caballero.
--Señora, es urgente, habéis cometido un horror— Dijo sin hacerle caso al hombre –Vuestro padre, que en paz descanse, nunca imaginó que un día pasase esto. Si os acordáis, vuestros santísimos progenitores tuvieron a un hijo antes que vos al cual tuvieron que dar en adopción, e luego fallecieron dejándome la misión de cuidar de vos, cosa que no he hecho, pues el día de hoy he visto la monstruosidad venir e no he hecho nada antes de que fuese demasiado tarde, e ahora habéis conocido a vuestro hermano en cruel incesto—
--¿Qué habéis dicho, vieja bruja?— Dijo Minos abriendo de un portazo e viendo a la anciana a los ojos. En eso volteó a ver a su dama pidiendo que desmintiese a la mujer o confirmando su locura. Pero lo único que vio fue a la doncella paralizada e pálida. En cuanto pudo moverse lanzó gritos bestiales, sollozos, maldiciones e más sollozos, entre grito e grito a veces se entendía un « ¡iros!», o un « ¡pudríos los dos e no volváis a mi casa!», entre mil improperios ininteligibles. Tomó el imarmenógrafo e lo lanzó a la cabeza de Minos. Éste salió rápidamente. Ella arreglóse con su vestido de viaje negro, llamó al cochero e diole indicaciones específicas de avisarle a los criados que habíanse quedado sin señora e sin trabajo, pues solamente quedaríase con el chofer. Así lo hizo rápidamente y ella tomó el coche, e le indicó dirigirse a la ciudad de Tagayu, al templo de Nuestra Señora de las Lágrimas, do enrolóse como sacerdotisa  al servicio de la diosa que la condenó en la caja de oricalco. 
Meses después, luego de tomar tantas drogas e de sus mil pesares, no quedaba trazo alguno de la cordura que alguna vez lució. Entendiendo esto el conductor, e que sin lucidez ella no le pagaría y el pan faltaría en la panza del humilde hombre, decidió dirigirse a Tikal, a buscar nuevo señor, que le permitiese comprar tortillas y frijoles. Ya en camino, escuchó atrás las campanas del convento.
7
Un hombre iba corriendo velozmente a través del bosque, tratando de huir. Oyó en la lejanía la voz de una mujer que gritaba: --Universo, sed testigo de cómo la puta le lanza los canes al hombre por el que todas soñarían— Se escuchó una carcajada frenética a sus espaldas que hizo se le enchinase el vello del cuello, mientras la voz seguía diciendo: --Colmillos, Dientes y Garras míos, devorad, destrozad e destruid a vuestra presa— A esa orden se escuchó el correr de perros detrás del hombre y éste aceleró el paso, evitando golpearse con los árboles que se erguían frente suyo.
Corrió e corrió, pero seguía escuchando los ladridos de los perros, que de hecho se acercaban. Fue entonces cuando ocurrió lo inexorable, lo que en toda situación parecida en un libro o historia pasaría: tropezó.  Entonces llegaron los canes, que no lo dejaron levantarse hasta que no llegase su señora.
Luego de un minuto de infinita duración, llegó la dama e le vio mientras le señalaba al rostro con un arcabuz. Entonces éste pidió piedad, pues tenía hijos.
--¡Qué recurso tan trillado! No sé por qué pensé que seríais más original— E disparó.
Mercedes arrodillóse y tomó sangre de la herida del difunto, la contempló y lamió su mano. Levantóse y dijo a los perros: --Aquí tenéis vuestra comida—
8
Minos estaba caminando bajo la lluvia de la noche maya, la siempre húmeda, caminando sin rumbo, azotándose en las paredes, recordando lo que pasó esa jornada: El arrebato de Helios; los suspiros de Minestrina; la mirada de Rafaela; los ojos del joven al saberse traicionado por su amante; los gritos de la doncella desesperada ante la horrible realidad; el encontrarse con la anciana en el portón del casón cuando salía huyendo de su hermana; la falta de sensibilidad con la que mató al ser que más lo quiso en la vida; el acceso pasional de la ahora intocable; la pelea en el portón, el empujón y el charco de color carmín en el suelo; el horror, siempre el horror.
Supo que estaba tocado por Nuestra Señora de las Lágrimas, que era tóxica su cercanía, su amor y su pasión, que no debía de tener nada con nadie más, se vedaría a las mujeres, y también a los hombres, viviría en el celibato, incluso el ascetismo si era necesario.
Y el universo pareció escuchar sus pensamientos y querer ponerlos a prueba, pues pasó en eso un carro recién salido de la ópera do iba sentada doña Mónica de Izamal. Ella invitólo a subir alegando la lluvia, a lo que tuvo que acceder.
--¿Qué hacéis a estas horas caminando so la lluvia en las calles tan oscuras y sin carro? ¿Qué os ha pasado, que os veis cual difunto?—
--Nada que un hombre no pueda afrontar— Dio por respuesta. Pero, ella insistió, así que él se sinceró y contó todo, excepto el género de su amante original, pues su alma necesitaba confesión.
Ella fue conmovida y su espíritu se agitó al ser él el primer varón que habíale sido franco. Así que en un arrebato de caridad y de un sentimiento confuso lo besó suavemente. Fue en ese momento que percatóse que ese hombre nunca sería borrado de su mente y también fue en ese instante que él abrió la puerta y salió corriendo al horizonte, do nunca se lo volvió a ver. Mientras tanto ella púsose a plañir en el carro que estaba al pie del campanario, el cual marcó las dos de la mañana con su sonido tubular.
9
De entre los arbustos que delimitaban al jardín del bosque salió caminando una figura violeta con rojo. Era un bello vestido de seda con manchas de sangre en todos lados e arañazos de todas las ramas que llenaban el bosque. No era un bosque negro e impenetrable como los gran-siberianos o los asiáticos, ni mixto como los de México, sino los típicos del Mayab, altos, llenos de palmeras sobre las que siempre llovía, pero eso no lo exentaba de ser un lugar hostil a las vestiduras delicadas de seda.
Mercedes caminó a la terraza do estaban las jaulas de los perros. Los metió a sus casas e de allí fue a su dormitorio, do despojóse de la ropa e metióse a una bañera a quitarse la suciedad de la cacería, pensó por horas en el agua, meditó e logró alejar a su mente del universo. Salió de bañarse e fue a su vestidor, do buscó el traje de gala que sólo usaba en las ocasiones más suntuosas e importantes de su vida, e si hubo algún momento que mereciera esos adjetivos, ésa era la ocasión. Púsose los aretes de jade siamés, el collar de obsidiana con oricalco, la red de perlas e diamantes en el cabello e tomó su anillo que la identificaba como noble, en específico: duquesa, le cambió el cristal que traía por un rubí engarzado en aluminio que tenía grabado el símbolo del Imperio del Mayab e fue ante el altar e rezó a los ángeles e a los dioses. Puso un brasero con copal e prendió el fonógrafo. Estaba música de la época de los grandes, se quedó escuchando, volteóse e enfrentóse al espejo de plata que tenía en el salón, le quitó el velo de encima e vio a través de él a la mujer más bella del mundo.
--¡Oh, beldad mía! Ser secreto en el corazón de mi existir. ¡Vil traicionera! Ahora que os veo cara a cara percibo la fetidez de vuestro aliento, lo podrido de vuestro tacto detrás de la máscara de la bendición. Me hicisteis un ser sin amistades. Me disteis a mi adorado marido, para luego con rumores alejarlo para siempre. ¡Monstruo! Ahora me doy cuenta de que vos sois mi peor enemiga. ¡Oh, anillo de nobleza! En los días antiguos los nobles vivían traiciones a diario del calibre que la belleza me lo hizo a mí. Los hombres e las damas para sobrevivir decidieron llevar dagas a todo lado, pero por ley no podían; por lo que forjaron a vuestros hermanos, para llevar una joya, no un arma, a los lugares y protegerse. E por tradición os volvisteis signo de la nobleza, pero ahora mi cruel tirana os ha hecho arrebatarme a mi amado. ¡Ahora me lo devolveréis!—
Se escuchó un golpe y a Josefina preguntarle a su señora qué había pasado. Luego las aves del campanario alcanzaron a percibir a la criada gritar.
--Señora, señora mía, no os vayáis. No me dejéis, sois mi sol e mi existencia. ¿Qué haré ahora sin vos? Os amo, fuisteis e sois el motor que me hizo hacer las cosas por quince años, os he servido ese tiempo e os adoro e venero. ¡Dioses, oídme, devolvédmela o me iré tras ella aunque dure mil años, seré el fantasma que os atormente desde los infiernos!— Pero los dioses no la oyeron, e las aves jamás escucharon algún grito de asombro ante un milagro de resurrección.
Escucharon un disparo e luego fuéronse volando, pues al mismo tiempo la torre en la que estaban empezó a resonar con las voces de las campanas.
10
Seis sombras desplazábanse por un terreno yermo e obscuro. En la lejanía alcanzaron a ver otra sombra, no veían nada de ella, pero la conocieron de inmediato.
--¡Oh, Azrael! ¡Oh, Samael! ¿Hacia dónde nos llevaréis?—
--¡Oh, el Seol! Lugar de eterno reposo, do yacen fieles e infieles. ¡La común sepultura!—


[1] Coleto: Alma, espíritu, fuerza vital.
[2] Tarco: Árbol americano de flores violáceas que sólo florece en primavera y en invierno presenta un aspecto triste y marchito. Otros nombres: Jacarandá en Cuba y Centroamérica, Jacaranda en México.
[3] Imarmenógrafo: (Del griego ειμαρμενή “destino” y γράφειν “trazar”. Lit. Trazador del destino) Instrumento ficticio con aspecto de caja con los signos del zodiaco y las estatuas de las diosas de la tragedia (Nuestra Señora de las Lágrimas)  y la fortuna (La Dama Blanca). Al ser tocado por una persona, el instrumento señala su signo del zodiaco y el destino de uno al hacer bailar a la estatuilla correspondiente a éste. Como sea, es un instrumento que en la historia es poco valorado en funciones, ya que muy pocos creen en el destino y más bien se lo ve como un instrumento decorativo
[4] Iwan: Atrio de grandes dimensiones tradicional a la arquitectura persa y por extensión a las culturas árabe y mogola, con forma de arco en punta que recuerda a un gran portalón previo a una verdadera entrada y que es usado para enmarcar plazas y jardines. Los Iwanes más famosos del mundo son los del Taj Mahal en Agra, India.
[5] Nombres ficticios de Asia, África y Europa
[6] Ágape: Complejo concepto teológico cuya traducción más correcta sería Amor Divino en oposición al Amor Mundano, al Sexual y/o al Romántico
[7] Deesa: Forma arcaica para Diosa

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