La común sepultura
1
Sintió su aliento en el suyo, el rozar
que pide algo que tal vez no debiera serle dado. De repente se encontró en la
hojarasca, arrebatándose las ataduras del ropaje, arrancándoselas a ese ser del
que saboreaba cada gota de sudor. Su lengua deslizóse lentamente por su cuello,
fuese a su torso desnudo e dirigióse al sobaco, do lentamente probó ese
ancestral fetiche. Olió ese perfume de madera, el clavo, el pachulí, el
incienso e la mirra en el aire: la razón por la que allí estaban. El tacto de
sus manos fuertes, de sus anchas espaldas. La barbarie de la escena ante sus
ojos, rodeado del flebe romanticismo del paisaje. Los jadeos que el viento se
llevaba.
2
Una mujer trajo un vaso de agua al preso, éste
bebió lentamente temiendo que fuese el último de su vida. Vio a los perros que
sacudíanse violentamente en las jaulas del lado, perros de caza. Miró a
Josefina a los ojos pidiéndole que le tuviese piedad e lo dejase ir.
--La señora no me dejará, además de que
bien merecido lo tenéis por haberla ultrajado así. Si yo estuviese en su lugar,
creo que haría lo mismo que ella os está haciendo ahora mismo— Fue todo lo que
comentó antes de escurrirse por la puerta al pasillo contiguo, ingresando a la
casa de Mercedes viuda de Rivera e Duquesa de Palenque.
3
Subieron al Cerro
de la Dama Blanca ,
llevando incienso, con pesarosa marcha hacia la cima, do la luz brillaba bajo e
sobre violetas flores. Prendieron el incienso con intensión de ofrecerlo a los
ángeles de los cielos, a los dioses, pidiendo paz para su tierra. Cuando se
arrodillaron para dar coleto[1]
al naciente fuego, soplando juntos, viéronse a los ojos e supieron que allí
volvería a ser, ese arrebato, ese frenesí antiguo en lo más profundo de su ser.
Pero Minos sabía algo más, sabía que ésa sería la última vez.
Ya en el suelo, en medio de ese brutal arrebato, le
susurró la persona con la que estaba: --Os
amo, e siempre os amaré. ¿Me amáis vos?—. Le pasaron por los ojos los
recuerdos de los encuentros de antaño, la primera vez que pasó eso, lo
exquisito del sentimiento recién descubierto, pero ahora, ahora todo era
diferente, se había vuelto carnal, netamente carnal, no hallaba nada más, pero
sabía que allí estaba un ser que le había hecho depositario de su corazón, mas
ahora finalizaría; ya no más ese húmedo cosquilleo bajando por su abdomen al
centro de la dicha de los hombres, ya no más ese sabor a avellana ligeramente
rancio en su boca, ni esa pegajosa textura en la garganta. Todo había
finalizado. Ahora la amaba a ella, con una locura inaudita, y estos accesos ya no podían ser.
Así que le abrazó fuerte por toda respuesta, para
no mentirle. En el abrazo aprovechó mientras se hallaba con los ojos cerrados e
sacó una aguja de plata, con la punta babosa en verde y le picó ligeramente.
Helios reaccionó poco, creyendo que fuera un insecto, abrazado al ser más
valioso de su vida.
De repente sacudióse y sintió que las fuerzas lo
abandonaban, vomitó y cayó al piso, abrió los ojos pidiendo ayuda y vio cómo el
ahí presente no hacía el menor reparo por salvarle y comprendió todo. Entonces
sólo fue capaz de formular: --¿Por qué…?—
--Por que era necesario, pues amo a Minestrina. Vos
solamente entorpeceríais las cosas—
Volteó el brasero del incienso e tomó su
ropa. Las hojas e la alfombra color de lirio crepitaron ante unas flamas a las
que aceptaron al instante. Los tarcos[2]
resistiéronse al incendio, pero ¿cómo resistir al escarlata ángel de las
llamas? Rápidamente el cerro era una tierra yerma, cubierta de cenizas, que
espantaba a las garzas del lago al pie de éste. Mientras tanto Minos caminó por
el sendero al pueblo, bajo un cielo invadido por el graznar blanco, el que
servía de portavoz a la natura contándole la nueva del amante que feneció ante
su amado.
4
Maika abrió los ojos e vio dos candelabros enfrente
de sí, sintió sus manos limitadas por ataduras que no alcanzaba a ver, percibió
que su cabeza estaba a punto de estallar e que apenas si se podía mover. Volteó
a ver la habitación e intentar recordar qué hacía ahí, cuando descubrió una
silla de caoba y ébano gruesa e fuerte en la que estaba un hombre al que
reconoció de inmediato: Don Méndez. Lo llamó tratando de despertarlo, pero él
estaba profundamente dormido.
En eso ella escuchó pasos que iban a un paso lento
e calmo, un paso que le aterraba, pues lo conocía muy bien, la puerta empezó a
abrirse y ella desesperada gritó tratando de despertar a su amante. Cuando él
empezó a despabilarse, ingresó por la puerta el Almirante Don Marcos de Izamal.
Ella estaba aterrorizada, pensaba rápidamente, tratando de buscar escapatoria,
pues sabía que de no hacer algo, de ésa no salía con vida.
--Ya veo que os habéis despertado—
--E que vos nos habéis secuestrado, también. ¿No?
¿Qué pretendéis? ¿No estabais en el manicomio?— Dijo Maika
--Sí, os he secuestrado. Pretendo que me devolváis
lo que me quitasteis e hacer justicia. Y estaba en el manicomio, lugar al que
me mandasteis y en el que quisierais siguiese, pero gracias a la Madre Tierra que
me enseñó allá que mientras más cuerdo parezcas, más loco te creen e si quieres
salir debes mostrar demencia absoluta. Lo cual me liberó e allí seguí la facha
de loco para mendingar e recolectar hasta venirme e plagiaros, con el fin de
conseguir la justicia que me debéis. El ángel de la justicia me cuida e los
dioses de la venganza me aman—
--De verdad hicimos lo correcto al mandaros a ese
lugar, lástima que te liberasen, realmente estáis estulto. Os quité a la mujer,
la fortuna e la libertad. ¿Creéis de verdad que podéis venir e tomar venganza
si cuando nos matéis mis amistades e influencias os mandarán ejecutar?— Dijo
altivo Don Méndez
--Pues he investigado vuestros contactos, e con el
cambio de emperador y toda su corte, habéis perdido poder en la nueva corte. Y
con la fascinación de Su Majestad Imperial Iker XIV por la ley e su imperio, mi
venganza será muy acorde con la voluntad del Palacio de Dzibichaltún. Además de
que yo nunca he dicho que os quisiera matar— Dijo, ante el suspiro de ambos –A vos— Con un remarque en el «vos» muy
tajante, dejando en claro que no dijo «vosotros», lo que hizo estremecerse a
Maika.
El almirante chasqueó los dedos e las ataduras de
Maika se soltaron e cayeron al suelo, pudiendo vislumbrar que eran un par de Cuerdas de Machu Picchu, famosas por
obedecer al que las ató e desatarse a su orden. Él la agarró del cabello,
jalándola a la fenestra e amenazándola con un arcabucete recargable. Silbó y
las ataduras de Méndez se soltaron. Le indicó que escribiese una carta diciendo
todo lo que le hicieron al Almirante, cómo ella lo había abandonado para irse
con su primo e usar la fortuna de don Marcos, al que tacharon de demente y
encerraron en un manicomio de Tulum a morirse entre lunáticos. Luego dio
instrucciones de que escribiese que aceptaba la ley e justicia que se le debía
aplicar e deslindaba responsabilidades a su plagiario. Una vez escrita la
carta, la firmó e también Maika y entonces disparó e la mató.
--¡Monstruo! La mataste, me hicisteis hacer la
carta para dejarla vivir—
--Yo nunca dije eso, e gracias a la
carta e a que la ley dice que en caso de conspiración contra un individuo éste
tiene derecho a matar a uno de sus victimarios, yo no he hecho nada ilegal.
Ahora, sobre vos, no pediré se os arreste, viviréis con esto, mendingaréis como
yo lo hice, ahora que con la misiva recuperaré mi legítima fortuna. E por
cierto, viviréis en la locura en la que me forzasteis a vivir, pues os drogué
con la Orquídea de la Demencia, así
que disfrutad de las últimas diez horas de lucidez que tenéis—
5
Rogelio alcanzó a percibir un movimiento por las
jacarandas que se hallaban al fondo del jardín en el que se encontraba su
prisión. Creyó al principio que era el viento, pero logró observar e diose
cuenta de que era una figura con vestido e rebozo violetas como las flores de
los árboles. La figura se acercó e vio bajo la tela la bella figura de la
Duquesa, la mujer a la que había tomado por la fuerza hace apenas unos siete u
ocho días.
Ella sentóse en un banquito enfrente de las jaulas,
los canes agitáronse pidiéndole a su dueña un poco de comida, ella los calmó
con unos pedazos de carne que llevaba en una bolsita e volteóse a ver a su
prisionero.
--Nos volvemos a encontrar— Dijo riéndose lo menos
posible
--No me dejasteis otra opción—
--Pues ya sabéis qué se siente ser obligado y
privado de la libertad. Ya era hora—
--No os creí capaz de esto— Respondió, como
tratando de ignorar lo anterior.
--Siempre se han creído muchas cosas de mí, y se
han descreído otras tantas. Los hombres me han acosado desde el día que me
convertí en doncella, han usado lenguaje mordaz conmigo, me han tratado
bajamente. E las mujeres no son mucho mejores, siempre me han dicho ofrecida,
flor de macadamia que crece en las ventanas de todos los hombres casados, puros
y castos que son sus maridos; tentados por el súcubo de Satanás. El único que
pareció ser exento de esa idea, al menos al principio, fue mi marido. Hasta que
empezó a hacer caso de todos los rumores e correrías de las comadres e mujeres
feas, de los hombres que para aumentar su prestigio en bares e tabernas
gritaban a los cuatro vientos haberse acostado con la Duquesa de Palenque. Y
entonces, ¡qué día terrible!, me enfrentó y agredió, traté de defenderme y en
la pelea mi anillo de ducado se le clavó en el corazón. Al día siguiente
hubimos de fingir su muerte por causas naturales e darle un funeral rápido con
todo y cremación para evitar la crisis que podía venir si el Duque Consorte de
Palenque fallecía a manos de su esposa. A partir de entonces soy taciturna,
triste y alejada, un poco muerta y fantasmal, pero capaz de cualquier cosa. Así
que no os extrañe que hayáis sido el colmo de mi paciencia, me hayáis llevado
al hartazgo e ahora estéis aquí conmigo. Todos me vieron como carne y como
zorra— Tomó el aliento e continuó: --Si tanto insistís en que zorra soy, zorra
seré, pero vos…
¿Yo qué? Pensó Rogelio
…seréis la liebre—
6
Minos llegó a su casa para asearse de aquella
situación de la mañana. Tomó una naranja pequeña, la metió en una esfera de oro
e le insertó clavos aromáticos, colgándosela después de la pechera. Calzóse,
amarró el cinto de la camisa de holanes e dirigióse a la tienda de joyas.
Allí encontró un hermoso Imarmenógrafo[3]
con las casas del zodiaco perfectamente pintadas en esmalte, con carátula de
cristal de roca e cuerpo de oricalco. Era caro, tal vez lo más caro de la
tienda e de las de toda la zona, pues sólo estaba allí por accidente, ya que su
destino era la capital, tal vez el palacio de un duque o de una dama de la
corte, pero el dueño de la tienda lo dejó en el anaquel mientras arreglaba unos
asuntos antes de empaquetarlo y enviarlo a la ciudad. Fue entonces cuando lo
vio Minos e lo pidió, el joyero fue renuente, pero a todos nos llega un precio,
así que el orfebre no fue la excepción.
Ya con el obsequio Minos anduvo hacia la casa de
cristales de sinople y techado azul cobalto. Llegando pidió audiencia con la
señorita de la casa. El mayordomo consultó e al serle indicado aceptar al
señor, llevó a Minos a un jardín al estilo de los de Persia, con sus cuatro
ríos e sus iwanes[4]
do tomar sombra, tan de moda en esa época del descubrimiento de Asia, Libia e la Gran Siberia.[5]
La dama estaba contemplando las vainillas cuando la encontró, e inmediatamente
supo porqué la amaba, pues hasta al mismísimo Ágape[6]
cautivaba. Ella le invitó chocolate en tazas de Cholula e después de aceptar,
él, directamente y sin rodeos, le dio el presente y ésta abrió la cajita, que
inmediatamente señaló al símbolo de la luz (su signo del zodiaco) e la
estatuita de la deesa[7]
de la tragedia empezó a bailar grácilmente, lo que le ensombreció la mirada,
que se recuperó enseguida. Agradeció la ofrenda, pero preguntó la razón de
ésta. A lo que él respondió que la única razón era el amor. Así pues, él
acercósele e diole un sutil beso en los labios, que ella respondió con fogosa
pasión.
En la noche las cortinas, el petate, las estrellas
e un tecolote que veía por la abertura de las ventanas fueron testigos de un
arrebato de ardor e de unos ritos orgásmicos conocidos desde Eva e Adán, actos
creadores de vida. Cuando concluyeron, descansaron un poco para reponer fuerzas
e seguir con su voluptuosidad más adelante. En el reposo llegó el sonido de la
puerta siendo azotada, ella cubrióse entre las sábanas mientras él, tomando una
capa y el arcabucete, fue a la puerta e gritando preguntó quién era.
--Soy Rafaela, señora, déjadme entrar—
--¿Qué insolencia es ésta de llamar a la recámara
de vuestra señora a estas horas? ¿Dó está el respeto que toda criada debe
guardar? ¿Qué deseáis?— Le respondió el caballero.
--Señora, es urgente, habéis cometido un horror—
Dijo sin hacerle caso al hombre –Vuestro padre, que en paz descanse, nunca
imaginó que un día pasase esto. Si os acordáis, vuestros santísimos
progenitores tuvieron a un hijo antes que vos al cual tuvieron que dar en
adopción, e luego fallecieron dejándome la misión de cuidar de vos, cosa que no
he hecho, pues el día de hoy he visto la monstruosidad venir e no he hecho nada
antes de que fuese demasiado tarde, e ahora habéis conocido a vuestro hermano
en cruel incesto—
--¿Qué habéis dicho, vieja bruja?— Dijo
Minos abriendo de un portazo e viendo a la anciana a los ojos. En eso volteó a
ver a su dama pidiendo que desmintiese a la mujer o confirmando su locura. Pero
lo único que vio fue a la doncella paralizada e pálida. En cuanto pudo moverse
lanzó gritos bestiales, sollozos, maldiciones e más sollozos, entre grito e
grito a veces se entendía un « ¡iros!», o un « ¡pudríos los dos e no volváis a
mi casa!», entre mil improperios ininteligibles. Tomó el imarmenógrafo e lo
lanzó a la cabeza de Minos. Éste salió rápidamente. Ella arreglóse con su
vestido de viaje negro, llamó al cochero e diole indicaciones específicas de
avisarle a los criados que habíanse quedado sin señora e sin trabajo, pues solamente
quedaríase con el chofer. Así lo hizo rápidamente y ella tomó el coche, e le
indicó dirigirse a la ciudad de Tagayu, al templo de Nuestra Señora de las Lágrimas, do enrolóse como sacerdotisa al servicio de la diosa que la condenó en la
caja de oricalco.
Meses después, luego de tomar tantas
drogas e de sus mil pesares, no quedaba trazo alguno de la cordura que alguna
vez lució. Entendiendo esto el conductor, e que sin lucidez ella no le pagaría
y el pan faltaría en la panza del humilde hombre, decidió dirigirse a Tikal, a
buscar nuevo señor, que le permitiese comprar tortillas y frijoles. Ya en
camino, escuchó atrás las campanas del convento.
7
Un hombre iba corriendo velozmente a través del
bosque, tratando de huir. Oyó en la lejanía la voz de una mujer que gritaba:
--Universo, sed testigo de cómo la puta le lanza los canes al hombre por el que
todas soñarían— Se escuchó una carcajada frenética a sus espaldas que hizo se
le enchinase el vello del cuello, mientras la voz seguía diciendo: --Colmillos,
Dientes y Garras míos, devorad, destrozad e destruid a vuestra presa— A esa
orden se escuchó el correr de perros detrás del hombre y éste aceleró el paso,
evitando golpearse con los árboles que se erguían frente suyo.
Corrió e corrió, pero seguía escuchando los
ladridos de los perros, que de hecho se acercaban. Fue entonces cuando ocurrió
lo inexorable, lo que en toda situación parecida en un libro o historia
pasaría: tropezó. Entonces llegaron los
canes, que no lo dejaron levantarse hasta que no llegase su señora.
Luego de un minuto de infinita duración, llegó la
dama e le vio mientras le señalaba al rostro con un arcabuz. Entonces éste
pidió piedad, pues tenía hijos.
--¡Qué recurso tan trillado! No sé por qué pensé
que seríais más original— E disparó.
Mercedes arrodillóse y tomó sangre de la
herida del difunto, la contempló y lamió su mano. Levantóse y dijo a los
perros: --Aquí tenéis vuestra comida—
8
Minos estaba caminando bajo la lluvia de la noche
maya, la siempre húmeda, caminando sin rumbo, azotándose en las paredes,
recordando lo que pasó esa jornada: El arrebato de Helios; los suspiros de
Minestrina; la mirada de Rafaela; los ojos del joven al saberse traicionado por
su amante; los gritos de la doncella desesperada ante la horrible realidad; el
encontrarse con la anciana en el portón del casón cuando salía huyendo de su
hermana; la falta de sensibilidad con la que mató al ser que más lo quiso en la
vida; el acceso pasional de la ahora intocable; la pelea en el portón, el
empujón y el charco de color carmín en el suelo; el horror, siempre el horror.
Supo que estaba tocado por Nuestra Señora de las Lágrimas, que era tóxica su cercanía, su
amor y su pasión, que no debía de tener nada con nadie más, se vedaría a las
mujeres, y también a los hombres, viviría en el celibato, incluso el ascetismo
si era necesario.
Y el universo pareció escuchar sus pensamientos y
querer ponerlos a prueba, pues pasó en eso un carro recién salido de la ópera
do iba sentada doña Mónica de Izamal. Ella invitólo a subir alegando la lluvia,
a lo que tuvo que acceder.
--¿Qué hacéis a estas horas caminando so la lluvia
en las calles tan oscuras y sin carro? ¿Qué os ha pasado, que os veis cual
difunto?—
--Nada que un hombre no pueda afrontar— Dio por
respuesta. Pero, ella insistió, así que él se sinceró y contó todo, excepto el
género de su amante original, pues su alma necesitaba confesión.
Ella fue conmovida y su espíritu se
agitó al ser él el primer varón que habíale sido franco. Así que en un arrebato
de caridad y de un sentimiento confuso lo besó suavemente. Fue en ese momento
que percatóse que ese hombre nunca sería borrado de su mente y también fue en
ese instante que él abrió la puerta y salió corriendo al horizonte, do nunca se
lo volvió a ver. Mientras tanto ella púsose a plañir en el carro que estaba al
pie del campanario, el cual marcó las dos de la mañana con su sonido tubular.
9
De entre los arbustos que delimitaban al jardín del
bosque salió caminando una figura violeta con rojo. Era un bello vestido de
seda con manchas de sangre en todos lados e arañazos de todas las ramas que
llenaban el bosque. No era un bosque negro e impenetrable como los
gran-siberianos o los asiáticos, ni mixto como los de México, sino los típicos
del Mayab, altos, llenos de palmeras sobre las que siempre llovía, pero eso no
lo exentaba de ser un lugar hostil a las vestiduras delicadas de seda.
Mercedes caminó a la terraza do estaban las jaulas
de los perros. Los metió a sus casas e de allí fue a su dormitorio, do
despojóse de la ropa e metióse a una bañera a quitarse la suciedad de la
cacería, pensó por horas en el agua, meditó e logró alejar a su mente del
universo. Salió de bañarse e fue a su vestidor, do buscó el traje de gala que
sólo usaba en las ocasiones más suntuosas e importantes de su vida, e si hubo
algún momento que mereciera esos adjetivos, ésa era la ocasión. Púsose los
aretes de jade siamés, el collar de obsidiana con oricalco, la red de perlas e diamantes
en el cabello e tomó su anillo que la identificaba como noble, en específico:
duquesa, le cambió el cristal que traía por un rubí engarzado en aluminio que
tenía grabado el símbolo del Imperio del Mayab e fue ante el altar e rezó a los
ángeles e a los dioses. Puso un brasero con copal e prendió el fonógrafo.
Estaba música de la época de los grandes, se quedó escuchando, volteóse e
enfrentóse al espejo de plata que tenía en el salón, le quitó el velo de encima
e vio a través de él a la mujer más bella del mundo.
--¡Oh, beldad mía! Ser secreto en el corazón de mi
existir. ¡Vil traicionera! Ahora que os veo cara a cara percibo la fetidez de
vuestro aliento, lo podrido de vuestro tacto detrás de la máscara de la
bendición. Me hicisteis un ser sin amistades. Me disteis a mi adorado marido,
para luego con rumores alejarlo para siempre. ¡Monstruo! Ahora me doy cuenta de
que vos sois mi peor enemiga. ¡Oh, anillo de nobleza! En los días antiguos los
nobles vivían traiciones a diario del calibre que la belleza me lo hizo a mí.
Los hombres e las damas para sobrevivir decidieron llevar dagas a todo lado,
pero por ley no podían; por lo que forjaron a vuestros hermanos, para llevar
una joya, no un arma, a los lugares y protegerse. E por tradición os volvisteis
signo de la nobleza, pero ahora mi cruel tirana os ha hecho arrebatarme a mi
amado. ¡Ahora me lo devolveréis!—
Se escuchó un golpe y a Josefina preguntarle a su
señora qué había pasado. Luego las aves del campanario alcanzaron a percibir a
la criada gritar.
--Señora, señora mía, no os vayáis. No me dejéis,
sois mi sol e mi existencia. ¿Qué haré ahora sin vos? Os amo, fuisteis e sois
el motor que me hizo hacer las cosas por quince años, os he servido ese tiempo
e os adoro e venero. ¡Dioses, oídme, devolvédmela o me iré tras ella aunque
dure mil años, seré el fantasma que os atormente desde los infiernos!— Pero los
dioses no la oyeron, e las aves jamás escucharon algún grito de asombro ante un
milagro de resurrección.
Escucharon un disparo e luego fuéronse
volando, pues al mismo tiempo la torre en la que estaban empezó a resonar con
las voces de las campanas.
10
Seis sombras desplazábanse por un terreno yermo e
obscuro. En la lejanía alcanzaron a ver otra sombra, no veían nada de ella,
pero la conocieron de inmediato.
--¡Oh, Azrael! ¡Oh, Samael! ¿Hacia dónde nos
llevaréis?—
--¡Oh, el Seol! Lugar de eterno reposo, do yacen
fieles e infieles. ¡La común sepultura!—
[2] Tarco: Árbol americano de
flores violáceas que sólo florece en primavera y en invierno presenta un
aspecto triste y marchito. Otros nombres: Jacarandá en Cuba y Centroamérica,
Jacaranda en México.
[3] Imarmenógrafo:
(Del griego ειμαρμενή “destino” y γράφειν “trazar”. Lit. Trazador del destino)
Instrumento ficticio con aspecto de caja con los signos del zodiaco y las
estatuas de las diosas de la tragedia (Nuestra
Señora de las Lágrimas) y la fortuna
(La Dama Blanca). Al ser tocado por
una persona, el instrumento señala su signo del zodiaco y el destino de uno al
hacer bailar a la estatuilla correspondiente a éste. Como sea, es un
instrumento que en la historia es poco valorado en funciones, ya que muy pocos
creen en el destino y más bien se lo ve como un instrumento decorativo
[4] Iwan: Atrio de grandes
dimensiones tradicional a la arquitectura persa y por extensión a las culturas
árabe y mogola, con forma de arco en punta que recuerda a un gran portalón
previo a una verdadera entrada y que es usado para enmarcar plazas y jardines.
Los Iwanes más famosos del mundo son los del Taj Mahal en Agra, India.
[5] Nombres ficticios de
Asia, África y Europa
[6] Ágape: Complejo concepto
teológico cuya traducción más correcta sería Amor Divino en oposición al Amor
Mundano, al Sexual y/o al Romántico
[7] Deesa: Forma arcaica para
Diosa
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